sábado, 27 de abril de 2013

POBRES VIEJOS


Pobre de mí que ya voy viejo y sigo pobre aun queriendo ser rico. He trabajado muy duro desde los cinco años  o, tal vez, antes. He ingresado desde muy niño en las labores familiares. Lo hice voluntariamente desde el momento en que percibí el cansancio de mi madre en las labores diarias de buscar leña en el monte, lavar ropa de rodillas en el rio,  preparar comida en una tosca cocina de piedra, de aquellas que habían sido modernas en su particular era de piedra lascada, había sido ingeniada con una chimenea perfectamente dimensionada para la salida de humo y permitía entrada simultanea de aquel predecible chaparrón de primavera, que siempre llegaba en momento inoportuno para apagar el fuego y aumentar  la angustia de mi madre.

 Sí, trabajé mucho y con mucho placer, la vida entera.

Un día fui atacado por la fiebre de la emigración,  eran días en que esa fiebre empesteaba el pueblo entero, las aldeas y adyacencias. No había antídoto contra esa fiebre. No había suficiente oferta de trabajo para sustentar una familia numerosa. El equilibrio ecológico era sostenido por las propias limitaciones de la naturaleza; pescado abundante, berberechos a tirar, lechugas y berzas que mi madre sembrara y yo recogía para ser cocidas a fuego lento.  Un cerdo crecía aprisionado en un minúsculo cocho, parecía feliz por sentir que su tocino reforzaría el caldo de invierno de una familia en desarrollo. Y así yo fui creciendo hasta la pequeña altura que tiene mi cuerpo entero. La base, muy sólida,  fue leche, venida de la casa del camino, pan de brona, hecho con maíz molido en el molino de piedra redonda movida por agua clara en una casa obscura de la Lagarteira; de vez en cuando algunas sardinas había, alguna vez o casi nunca, un trocito de jamón, orejas y filloas y un delicioso pan de huevo, que solo mi madre sabia hacer, componían las delicias de un buen vivir.

En un país diferente, en un continente distinto, bajo el yugo de un sol tropical, yo obtuve mi primer trabajo pagado a mes con sueldo horario. Mis cuentas decían que quince minutos diarios pagaban la comida; una semana de trabajo pagaba un mes de pensión, un mes era más que suficiente para pagar ropa y calzado para un año entero. Por un extraño milagro de la inflación mi sueldo aumentaba todos los meses. Sentí que me sobraría dinero y yo no tenía vicios para gastarlo. Se me ocurrió gastar una parte de la pasta en algo que hoy llamaríamos inversión para educación. Yo necesitaba invertir bastante, pues hablar mal hablaba, escribir yo escribía como lo hacía un buen copista de la edad media y con los errores que un iniciante en la alfabetización de cualquier lengua muy bien los sabe cometer. Fueron tiempos de duras batallas en agua fría y sustos con bombas atómicas. De un lado, había mi sentimiento de volver al palacio de mi santa Junquera, del otro lado estaba la cartilla de la previdencia social, que muy bien me explicaba que con 35 años de contribución a su fondo previdenciario yo adquiriría el derecho a vivir eternamente feliz, con el premio agregado de un derecho a vivir libre del castigo que Dios había dado a Adan y Eva, y que a mí había alcanzado por un extraño legado genético y que ni el bautismo ni la primera comunión me habían librado.

El tiempo fue pasando y la jubilación me alcanzó en el momento marcado. Derecho presumido serian de diez sueldos mínimos en un momento que mi sueldo rozaba los treinta y mi edad no alcanzaba los sesenta. De permanecer todo constate mi sueldo daba para vivir como yo y mi familia vivíamos, histéricamente austeros, sin soberbia y ninguna sobra para hacer regalos. Pero había una peste que a todos azotaba, la llamaban inflación y lo que yo recibía ayer anoche bastante menos valía hoy de mañana. Entre otros probables culpados, los jubilados llevaban la culpa por los graves desmandos de la inflación. Eran momentos en que la inversión en mi conocimiento daba resultados a la empresa. Se podía dar más y mejores resultados con menos trabajo y menos dinero. Permaneciendo la demanda por bienes y servicios estable pasó a sobrar trabajadores y la demisión con alto poder de fuego masivo pasó a ocurrir en escala creciente.

Me llego el convite gracioso para mi jubilación voluntaria. Me opuse con el vigor que hace la oposición que está fuera del poder. Pero el argumento del poder que todo lo puede fue más vigoroso que el argumento de mi sana conciencia, mi rendición vino por el argumento de que por presión sindical los en condición de jubilación debían tener prioridad en la lista de demitidos, a titulo, decían, de reducción de costes por sueldos altos y mecanización del trabajo en todos los niveles de trabajo humano. Eso ocurrió allá por el fin del siglo pasado, cuando el milenio estaba demasiado viejo para continuar viviendo y un otro nuevo se aproximaba para dar cuenta del relevo.

No me causa extrañeza el hecho de que la reforma puesta en práctica por un partido con poder de absolutismo, haya venido para criar condiciones espurias para un régimen de sueldos miserables. Aunque de hecho tal fenómeno ya muestre aguijones por toda la geografía ibérica, me permito dudar de la conclusión extraída de tal premisa: no es verdad que el empleo vendrá a partir del derecho de algunos para hacer esclavos a otros. El empleo, como lo hemos conocido a partir del invento de la máquina a vapor, se ha evaporizado. Mismo el sector servicios, creado como modismo para dar escape a la gran presión desempleante, va perdiendo fuerza en escala progresiva y no es necesario ser un gran vidente para ver como la máquina va sustituyendo la masa gris.

Entre tantas debilidades de la economía moderna, su punto fuerte es aquel que nos da capacidad para inventar cosas nuevas, entiéndase no nuevas formas de trabajo y sí ocupación noble y segura para la raza humana y el medio ambiente en que nos integramos.

La solución jamás vendrá del desastre de ese desastroso pensamiento que nos hace creer que la productividad aumenta con la reducción de personas aplicadas en la producción de bienes y servicios en el seno de la gran familia nacional. Tal pensamiento se haría verdadero de mantener constante la producción y con los productores muriéndose por cualquier razón (edad, cólera, suicidio o cualquier otra endemia mortal) No es lo que ocurre en el mundo real en un espacio razonable del tiempo. Los sobrevivientes de la gran reforma destructiva del trabajo humano van exigir algo más que una arbitraria austeridad o, mismo, vanidosas manifestaciones políticas con las que les quieren hacer creer que tal austeridad es un mal necesario para una economía estable y no simplemente un eufemismo vulgar, sinónimo de miseria, enfermedad y muerte.

“La política económica actual es un inmenso error que conduce al desastre. Es urgente un cambio radical y un plan de choque inmediato” Así hace eco Luis de otro Luis, con la pluma de su loro inteligente, tan sabio como el Sancho Panza escudero de la triste figura, pero un poco menos prudente.

La idea de radical y plan de choque inmediato, a nosotros, los bicudos sin alas, pero que sabemos de las penas viejas o supimos de narradores presenciales como ellas volaban en los idos de una desastrosa guerra civil, no nos parece sabia.  De aquella no eran loros, eran penas de golondrinas y nosotros, de aquella niños, preguntábamos adonde irían tan veloces y fatigadas; veíamos como muchas extraviadas en el viento buscaban abrigo.

Hoy vivimos por el mundo, perdidos. ¡Oh, cielo santo! Los pobres viejos ya no podemos volar.

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