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sábado, 18 de febrero de 2012

MOCIÓN DE CEENSURA


No quito ni pongo Rey y no hay señor que pida mi ayuda.

Pienso haber conocido personalmente todos los alcaldes de Cee en estos casi 73 años de mi vida. Los conocí en sus respectivas residencias y también en el interior de las casas consistoriales de Cee. El alcalde más antiguo del que guardo memoria fue el alcalde Villaverde, un hijo suyo fue mi amigo en tiempos de escuela primaria. El último, hasta este momento, es el alcalde Ramón Vigo, hijo de mi amigo Ramón Vigo, de quien he sido vecino en la calle donde vivían sus padres,  hermanos y hermanas y que, posiblemente, será de él por herencia natural.

Si prospera la moción de censura articulada desde el PP y BNG, el siguiente alcalde podrá ser mi amiga y ex colega de partido, Sra. Zaira. Pero si por cualquier otra circunstancia   los concejales deciden nombrar Daniel Oca Alcalde de Cee, puedo afirmar que también lo conozco personalmente, a él, como también conocí a su perro negro que tenía la manía de depositar un monte de caca exactamente debajo de la cesta del campo de baloncesto, en el colegio Fernando Blanco,  donde yo practicaba el arte de echar pelota en el aro (este hecho ocurrió hace casi diez años cuando Oca, a pesar de su formación académica, no imaginaba ser candidato a ningún puesto político).

En las actuales circunstancias me es muy dificil tomar partido. Influenciado por un emisario de Aznar, adopté el PP creyendo que era un partido democráticamente popular. Me equivoqué y pedí a Zaira que diese baja a mi condición de filiado, filiación que había sido  honrada con carta firmada personalmente por Aznar, pero deshonrado por un maquiavélico comportamiento de un ex diputado provincial y ex alcalde de Cee, que se decía muy amigo mío. Me entusiasma el PSOE porque fue el partido escogido por mi padre y yo a él no me filié por un monte de circunstancias que el destino pone en nuestro camino. Con alguna sospecha, yo creía que Vigo sería, dentro del conjunto de los candidatos a concejal, el más indicado a llevar la gobernanza del concello de Cee. Sin cualquier duda de mi parte, Vigo sobresalía sobre la condición de Antonio y Amanda. No me equivoqué en la pretensión de mi pensamiento, pero los malos hechos, sin resolución hasta el presente momento, indican moral impropia para ejercer el cargo de máxima autoridad en la villa  de Cee. Por un principio de ética, tanto en su condición de alcalde como en su profesión de médico, Vigo debía renunciar al cargo político y concentrarse en la defensa de su honra.

La moción de censura era previsible y late renovadamente a cada nacer del sol. Sin tener señor que me obligue a correr en su ayuda, sigo paciente el desenrollar de los hechos políticos en la Cee Villa del Mar de mis recuerdos.  




miércoles, 8 de febrero de 2012

IDEAL BULKER


Yo lo vi entrar desde lo alto de la pedra Moa, en la morada de Pindoschan. Llegó imponente, gracioso y algo arrogante con sus mangas abiertas, sus cuatro suspensorios de sonriso amarillo, todos vigilados por el comando blanco desde la torre de control con bandera china. Al verlo plácidamente asentado sobre el llano de Brens, donde yo y mi amigo Ferrin hacíamos prácticas de sumersión, de la que volvíamos con la mano abrazando amuestra de arena como prueba de haber tocado fondo, no pude evitar recordar mi primer labor social como ciudadano global.

Mi orientador fue el cura de la parroquia Junquera, don José Pego. Mi madre me había adornado con un sombrero de paja con rabo tirado de crina de algún asno, me pusieron bigote al estilo chino y una cajita en la mano que yo debía devolverla al cura llena de dinero. El recorrido en busca de limosna para los chinitos yo lo conocía bien: empezaba en el bar Puerta del sol, continuaba por la Magdalena hasta la casa Merens, seguía por la plaza de España, con parada en la Farmacia Guillen, el sastre Cespón, el Zapatero Lamas, continuando  hasta el extremo que antecedía el viejo muelle de pescadores, para subir a la Plaza del Sacramento, después por el comercio de la Mogiana para alcanzar la panadería Benedicto. Por todo este sacrificio, lo único que me daban era el consuelo de un franco sonriso que yo agradecía con un sincero amen.

Mi madre ya esperaba ese resultado, pues era sabido que quien tenía un patacón lo usaba para comprar azafrán y ponerlo en el arroz para comerlo con un menos de tristeza en los ojos. Mi madre pidió para que no me desilusionase por aquel resultado e insistió para que reiniciase la procesión y pusiese más emoción en el pedido. Hoy yo se que repetir un hecho por el hecho de repetirlo no me entusiasma. Entré por un viejo callejón que me llevaba a la plaza del Olvido donde había tres niñas que de mi se rieron, no sé si porque yo era niño o por mi apariencia de viejo chino. Me acuerdo que una niña se llamaba Margarita, la misma que muchos años después sería madre de ministro de España. Yo había marcado destino fijo a la intención de conseguir limosna, era la panadería del Muradan a quien yo conocía por haber conseguido pan negro con cartilla de franco racionamiento. El viejo panadero me dio cinco reales en monedas de cobre. Eran tan desgastadas que si fuesen abalizadas por su peso metálico tendría un gran descuento. Pero como lo que valía  era la buena intención, corrí veloz a la casa del cura y le deposité las cinco monedas antes que cualquier mala intención me aconsejase a gastarlas en papelillos de azafrán, solo por el gusto de coleccionar héroes de futbol.

Hoy, al borde del Pindoschan, me regocijo pensando como fue útil a los chinos aquella pequeña inversión de cinco reales, hecha a los finales de la primera mitad del siglo pasado,  traducidos en este día histórico de mar calmo por algunas toneladas del atómico manganeso, al precio aproximado de 90 euros/tonelada.

miércoles, 12 de octubre de 2011

AGUJERO NEGRO


Corría el año de 1980. Philip Smith, director de la división de Ingeniería de la mayor industria automovilística al sur del trópico de cáncer, estaba con un particular problema para resolver. Yo, en mi condición de responsable por el sector de cualidad, le había informado  de un gravísimo problema habido en el suporte de las ruedas delanteras, en el  prototipo de un coche que prometía dar continuidad a la exitosa casca rubia, idealizada por Hitler como coche popular de todos los alemanes.

Giuseppe era encargado de la oficina de producción experimental de prototipos. Claudio Menta era gerente-jefe del departamento de proyectos de carrocerías. Había un gerente de estilo,  de nacionalidad checa; un gerente de motores, chileno; un gerente de instalaciones eléctricas, brasileño; un gerente de chasis, argentino; algunos jefes especialistas de unidades subordinados a gerentes de área y algunos asesores técnicos encargados de relatar problemas específicos y sugerir la correspondiente solución. A todo, si la memoria no me falla, debíamos ser 18 personas sentados cómodamente a lo largo de una mesa en la sala de reuniones anexa a la ofician del director.

El problema en cuestión, no hubiese sido identificado previamente por mi equipo, sería fatal y desastrosamente descubierto por el público consumidor, con consecuencias dramáticas para la empresa. El suporte de las ruedas delanteras se rajaba después de ser sometido el coche a un ensayo forzado en pista de carrera. A partir de 3 mil kilómetros aparecían las primeras fisuras, y ellas aumentaban peligrosamente en la medida que los motoristas de pruebas insistían en continuar rodando sin hacer mucho caso a esta anormalidad, entendiendo que sería apenas una condición de prototipo y que no se repetiría en la producción seriada.

Ocurre que con experiencia de más de cinco años en el control de calidad, otros más de cinco como proyectista de componentes de automóviles y cinco como coordinador entre todas las divisiones técnicas y productivas de una fábrica con 50 mil empleados, yo entendía que un prototipo de automóvil, en una etapa que antecede la construcción de sus componente y producción en escala para venta al público, debía corresponder, por concepto, a todo bueno o malo que se reproduciría en las diferentes unidades de producción. Mi relato del problema fue firme y conclusivo: si nada se hiciese para resolver el problema desde el proyecto, la empresa se vería obligada a resolverlo después que algunos accidentes mortales tuviesen como causa la ruptura de un soporte de las ruedas delanteras.

El problema de un defecto con origen en el proyecto había sido narrado por mí al director, pero todos o casi todos sabían que existía, porque motoristas temerosos ya lo habían relatado a sus respectivos jefes durante las pruebas de resistencia, y para disminuir el riesgo de accidente a cada dos mil kilómetros depositaban un cordón de soda eléctrica para cubrir toda la fisura. Solucionaban puntualmente un problema que no debería ocurrir y fatalmente volvería a ocurrir puesto que el origen del grave problema estaba en la raíz del proyecto y no en la construcción del coche.

El primer abordaje del director fue querer conocer la responsabilidad de quien se había omitido delante de tan grave defecto. Yo estaba sentado a su izquierda y me miró inquisidor, como si esperase que yo le diese el nombre, como hizo Judas a los romanos. Inquieto por su mirada electrizante, doblé mi cabeza a la izquierda y, como si fuera un derrumbe de piezas de dominó, todos fueron girando la cabeza, como si quisiesen librarse de la culpa del que el de su derecha parecía atribuirle. Al último, por capricho del instinto, no le quedó alternativa sino mirar para la cara del director, a su izquierda. Un silencio intranquilo y jocoso dominó el ambiente por breves segundos. El director, en señal de pura humildad, bajó la cabeza y sus ojos descansaron sobre sus manos cruzadas, que se apoyaban en la mesa a semejanza de un humilde pastor que ruega a Dios por el perdón de sus pecados. Después de un tiempo, Smith levantó la cabeza y sus ojos sin dirigirse a nadie parecía mirar a todos; sus labios articularon con cierta ternura la siguiente sentencia: “Lo sé, yo soy el culpado”. A la semana siguiente, después de proponer solución dando flexibilidad al suporte, en vez de aumentar su rigidez, promovía una amplia y radical reforma administrativa. El coche en cuestión fue un suceso de mercado y ninguna falla técnica ha sido detectada por millones de consumidores.


Este cuento viene a cuento por lo que se cuenta de Jorge Dorribo: una gran falla en el proyecto democrático, a vista de todo el mundo y encubierto por los que tenían responsabilidad para corregir el camino y restaurar la confianza en todos los suportes.

Veo una gran diferencia entre los dos ejemplos. En el segundo caso las autoridades directoras se miran entre si, y todas se hacen el bobo deseando que ningún parvo aparezca y relate la gravedad de un colosal problema. Pero habiendo molestia de tamaño orden, un día el problema acaba emergiendo y la nación sumerge en agujero negro,  ahogada por tanto chorro a fondo perdido.

martes, 4 de octubre de 2011

PRIMAVERA DE MI OTOÑO


…Y de los recuerdos, aquellos dulces recuerdos que enriquecen la vida cuando en el otoño de nuestra existencia observamos como alegran los fartos momentos del amanecer de esta mi querida primavera, en que los extremos se juntan cuando más lejos se encuentran. Hemos eliminado la distancia y con ella el tiempo, sobrando la  velocidad absoluta, instantánea e infinita, sin cualquier dependencia con quien quiera que sea.

Recuerdo la ilusión que me hacía hace 50 años viajar por el nuevo continente del viejo fado portugués. Era un vasto territorio muy desconocido, incluso de los naturales, una geografía oculta al conocimiento ibero y a los bachilleres de este pueblo, que en aquel momento (1961) lo formaban 61 millones de habitantes, orgullosos nacionales capitaneados por Janio Quadros.

En mi primer viaje, a Rio, por una estrecha carretera, desde el mirante de un autobús, mis ojos no bajaban guardia por el deseo de gravar todo el paisaje de la excelencia tropical. Rio-Corcovado, Rio-Pan de azúcar, Ipanema y otras mil maravillas de la Avenida Atlantica, sin olvidar el gigantesco y modernísimo Maracaná. Era verano, el calor me animaba a escoger el frescor de las montañas de Minas Gerais para descansar algunos días en el Belo Horizonte minero y deleitarme con la belleza de los afrescos del ingenioso pintor Candido Portinari, expuesta en una capilla, a orillas del lago Panpulla, proyectada por el arquitecto Oscar Niemayer.

 ¡Ah, la vida! Como es bella cuando podemos sentirla y también cuando podemos imaginarla. Y yo la imaginaba, descalzo por las playas, las mismas en que caminara el canario y padre, Anchieta, fundador de São Paulo, entrecruzando imágines, de “Orfeo negro”, “Cuando ruge la marabunta”, la obra indianista de José de Alencar, con la filosofía truncada de Sartre, entre la existencia definidora de los elementos que componen la esencia futura del mundo, ahora mi mundo, primavera virtual del otoño real.

Es una primavera extraña y desconocida para mí, como lo será para ti y para todos que se animen a penetrar en sus meandros. Es una primavera de profundas transformaciones. La encuesta está más dificil de ser superarla. La experiencia recomienda reforzar el ánimo, al gusto de Comte y no permitir que el desanimo, que enturbia el mirar por todos los lados, sea aprovechada por la falsa utopía de quien quiere vender a buen precio la ilusión de ver mejor en la deslizante primavera de mi real otoño.

sábado, 17 de septiembre de 2011

VOCES DE PRIMAVERA



La primavera se aproxima. Lo se porque allá en el horizonte, sobre la línea que separa el cielo de la tierra, el sol se pone a medio camino de su viaje hacia el sur.  Puntual esa maravillosa esfera radiante de luz. Se posiciona vanidosa para despertar mi orgullo de poder verla. Y yo veo sus luces con la intensidad que mis sentidos la perciben, casi siempre por el reflejo que brota de su  naturaleza. El destello de los colores activa la sensibilidad de mi sentimiento, haciendo que momentos del tiempo que huye graven el presente para que en un instante futuro recuerden el pasado. Mi pasado, que cuando lo evoco, se muestra vello, alegre, colorido y feliz, como en estos momentos de éxtasis fugaz, al ritmo balsámico de ese viejo vals, escrito en lengua de líneas y borrones por el siempre eterno joven Johan Strauss.

Durante mis primeros 20 años, todo atardecer de sábados, domingos y días festivos, por la estrecha calle que une la plaza España al cruceiro de la puerta del sol se coleaba el son palpitante que brotaban en los altavoces del cine España. En el primer tercio de estos cuatro lustros la recuerdo brillante, firme, tocada sin hesitación o fallas en el giro gramofónico. En una segunda fase, veo como los mozos del pueblo se aprovechaban de las ondas sonoras para buscar sus pares y hacerlos rodar en dulce frenesí, unidos físicamente por la mano izquierda del joven y derecha de la dama, mientras que la otra mano, izquierda de la doncella, descansaba sobre el hombro mancebo, ella muy segura en su movimiento centrífugo por el abrazo centrípeto del hombre deseado. Pasaran veinte años cuando, observando todo el patrimonio cultural que yo iría abandonar por motivos que exigían buscar esperanza de futuro en la emigración, sentí con tristeza la transmutación del sonido, de la pureza original para secuencias de intervalos ásperos y ruidosos, como si quisieran mostrar cierto cansancio o desgaste por el consumo insistente de las cuerdas que hacían girar el disco de vinil,  en aquel momento seriamente dañado por la púa que le arrancara tan dulces melodías.

Era señal para un cambio necesario, para la etapa adulta de un joven que, aún sin edad legal para salir al mundo, deseaba ardientemente descubrir otros horizontes. Y así yo fui cara arriba, por la gran cuesta de la avenida Finisterre, al encuentro de los cuatro caminos, con la esperanza de que yo sería capaz de escoger el mejor destino; un poco atrofiado, confieso, por dos deseos en conflicto, el de quedar y el de salir. La ilusión me envolvía por la creencia de regresar sano, feliz y con algún dinero para construir mi nación. Sería una nación a imagen y semejanza de la que mis padres habían construido, tal vez un poquitín mejorada, o así yo creía que podría conseguir sin ninguna otra razón que la fuerza de mi voluntad y la tenacidad de un esfuerzo continuado.


La primavera la veo imperiosa, escrita en compás ternario, diferente de lo que sería lógico representarlo por compás de cuatro por cuatro, o ciclo de cuatro estaciones con una negra en cada tiempo o, lo que sería lo mismo, dos blancas en cada compás, que también pueden ser substituidas por una bien redonda durante el tiempo de opulencia musical, en el que una sola nota basta a nuestros sentidos. 
  
La distancia entre dos extremos sirve para describir la inestabilidad existente entre ellos. Así la vida va siendo escrita con múltiplos codas, que envuelven repeticiones seguidas antes del sufrido soplo final. En las diversas secciones de nuestra vida encontramos un D.S. al Coda orientando nuestra visita al origen. Y así vamos tocando la vida hasta encontrar el verso final, marcada por D.C al Coda, lo que nos indica que, en el tiempo que nos queda, debemos rememorar desde el inicio toda la melodía tocada en las diversas claves, al ritmo de la ilusión que en el inicio la partitura prometía. Vemos como la redondez de una ilusión gigante se disipa por diminutas a la brevedad difusa de innúmeras semifusas, todas arpilladas en clave de Sol, algunas veces, en clave de Dolor mayor en otras tantas.

 

Estoy parado, poco hago, poco puedo hacer. Las leyes poco hacen por mí. Casi siempre entorpecen una buena idea o promueven que la razón se doblegue al instinto. El instinto clama prudencia a la virtud que todo lo presiente. La prudencia discierne con argumentos de la razón  y esta busca en los sentidos el necesario suporte a la percepción clara de las ideas que, alcanzado el momento, queremos dar rienda suelta. Y el momento llega, en función de algunas decenas de vueltas en clave de sol redondo, para anunciar la cuadratura de la lúnula en algún instante que la Tierra se interpone entre Sol y Luna.

Llega la primavera. Por encanto florecen los campos. El color adquiere brillo. Vuelve el pájaro sabia con su canto de amor. El día se ensancha ofreciendo espacio a la vida.  Es tiempo para volver a correr.

Correr, ¿para que? La cabeza ordena, el cuerpo no obedece, los órganos se revelan, ya no admiten el comando del cerebro que insiste en mandar del modo como siempre ha mandado. Manda que compremos el tiempo para aplicarlo en deudas;  los órganos se desgastan al pagar lo que nos imponen. Por tributación todos perdemos tiempo, mucho más que el tiempo investido en impagables deudas. Buscamos equilibrio por el camino de las quejas intensas. La emoción domina el nervio que enerva el músculo y el músculo nos da valentía para reiniciar combate. Olvidamos el peso de la masa, que  sin ideas nada vale, aunque a todos pese. Sin tiempo para el tiempo no hay vida que resista. Y sin vida, la deuda se apaga como la llama que vive ciega.


Viene la primavera. Llega para consolar la tristeza del invierno. Es una primavera diferente. Hoy yo soy diferente. Vivo indiferente, con emociones escondidas en los recuerdos del nada. Tengo opinión hostil, nula en la reacción, inerte en la acción, contribuyo al olvido de lo que no deseo recordar. Soy una piedra blanca en un agujero negro, me veo rodeado de espuma por todos los lados, donde siempre puedo caer. La burbuja me ofrece su mano y mis nervios la agarran con frenesí. Y así voy cayendo del lodo al hoyo y del hoyo al barro. Indiferente, sin destino, sin humor y con amor cadente, sin fuerza para soplar. Piel seca, tez pálida, ojos fijos en un punto perdido en el olvido. En la Plaza del Olvido, donde brota un fino hilo de recuerdos con papeles y documentos de España. Certifican que nací libre  para vivir sin libertad, pues la libertad no es nada cuando cativo se vive. No obstante, la libertad era todo cuando en la juventud tenía fuerza para buscarla al desabrochar felicidad en los días de primavera.


Me creo un genio en la calidad de un ser que tiene Eugenio por nombre y Cándido Ingenuo por apellidos. Existo porque pienso y el pienso me deleita como deleita a cualquier otro animal, a cualquier hora, aunque la hora sea ahora y digan que es tiempo incierto y el lugar un sitio muy equivocado. Digo lo que digo con toda humildad, pues es sabido que el cielo se construye por los humildes a toque de bastón, palo y vara y por allí andaré yo a la hora de nuestra muerte, amén.

Por mi propia orden yo tiento hacer lo que digo para ver como todo se desordena en el silencio de la respuesta. Me levanto, doy un paso, después otro. Camino lento. La meta se me ofrece a largo plazo. El fin viene primero, a plazo fijo, y por eso muestro valor, aunque por eso se que nada valgo. El futuro es hoy, que pasado fue ayer  y mañana quizá no exista, pues, como a Dios nadie lo vio jamás, también jamás nadie podrá ver el futuro, pues siendo mañana mañana ¿como podemos decir que pasando hoy estaremos en el futuro que se ha hecho presente, que si lo sentimos fue porque ya pasó? Sería como tener en las manos hoy el futuro de ayer y maña el pasado de hoy para quedamos unidos por la fusión de dos tiempos que se organizan en un eterno presente. Un presente que presenta la impresión de que yo vivo muerto en la eternidad de los vivos. Y la eternidad llega con  aire  de primavera. Y la primavera viene para endulzar mis pensamientos con aromas y colores del bosque, donde todo se renueva con soplo de vida nueva, al estilo metafórico de un tiempo que, una vez pasado, se nos figurará mejor.

Ao longe, ao luar, no rio uma vela, serena a passar, que é que me revela?
Não sei, mas meu ser tornou-se-me estranho, eu sonho sem ver os sonhos que tenho.
Que angustia me enlaça? Que amor não se explica? E a vela que passa na noite que fica.

(Fernando Pessoa).

A lo lejos, bajo el brillo de la luna, veo pasar una vela serena sobre el rio, ¿que es lo que revela?
No se, mis sueños son extraños, yo sueño sin ver los sueños que tengo.
¿Que angustia me absorbe? ¿Que amor se repliega? Es la vela que huye en la noche que queda.

jueves, 4 de agosto de 2011

LA BANDA


Guardo buenas memorias del nombre Rebollar. Fue por medio de la banda que mis padres se conocieron, casaron y tuvieron cinco hijos. Me acuerdo ver reunidos en la alameda todos los músicos de la banda para un final concierto regido por Manuel Rebollar. Mis pulmones de niño se llenaban de orgullo, pues el repique del tambor salía de las manos de mi padre y el concierto, serio, con todos los músicos concentrados en el extremo norte de la alameda, a la sombra de los árboles que también mi padre cuidaría con gran esmero, me parecía algo celestial. Creo que ese sentimiento era compartido por un pequeño grupo de oyentes, vecinos de la plaza y la calle de arriba que se posaban alrededor de la banda. Los niños de mi edad que habitábamos el centro de Cee éramos pocos y quedábamos cada vez menos en la medida que algunos tenían que seguir sus padres a camino de otros lugares, donde sobrevivir les fuera menos penoso.

Exceptuando el campanario del colegio, yo conocí por frecuencia asidua todas las alas y salas del Colegio de Cee. Estudie música y aprendí tocar bandurria con la señorita Ofelia. La sala era pequeña. Ocupando toda la pared oeste, había un armario forrado en rojo terciopelo en el que se recogía todos los instrumentos de la escuela: tres guitarras (una de siete cuerdas), violines, contrabajo, clarinetes, bandurrias y laud. En la pared sur había un piano que era el preferencial de la señorita Ofelia. Otros dos pianos ocupaban la pared norte y leste. Algunos pocos bancos eran destinados para estudio de solfeo. Me acuerdo que uno de mis compañeros se llamaba Héctor Oreiro Cordo.

Quiero explicar que esta sala de música no comportaba 33 componentes de la banda de Rebollar. El espacio mayor era la escuela de niños donde yo aprendí a hacer mis primeras cuentas de matemáticas con los maestros Javier Racedo y el carrancudo Cojo. En esa sala, utilizada también como teatro, si cabría la banda, pero jamás tuve noticia de que allí ella hubiera ensayado, y a mí parece poco probable que lo hubiera hecho, debido al celo de los albaceas. Mi padre tenía una foto tirada con toda la banda en el patio sur del colegio, en la escalinata del portón de la sala de ejercicios físicos. Creo que fue esa foto la que te ha inducido a escribir que la banda ensayaba en el colegio Fernando Blanco. Todos los instrumentos de la banda yo los vi varias veces colados en las paredes de una casa en el camino que llevaba al antiguo Muelle Viejo, en el barrio del Sacramento. Pienso que era allí donde ensayaba la banda. Esa casa existe aun hoy, estaba bien conservada la última vez que la visité hace diez años, pero sin ningún rastro de los instrumentos. La guitarra de la foto pertenecía al acervo musical Fernando Blanco. Estaba en el Frente de Juventudes cuando yo y mis amigos la pedimos emprestada para tirar esta fotografía. La reconocí 45 años después, con clavijero nuevo, participando en el coro de los mayores de Cee.

Gracias Concha Blanco, por estimular recuerdos gratos. Gracias por tu gran esfuerzo de recopilar memorias de nuestro pasado y hacer de ellas un registro histórico para el presente que corre y el futuro que se avecina.

miércoles, 3 de agosto de 2011

BORRA DEMOGRÁFICA


Corría el año de 1946, tal vez 1947. Me veo muy ilusionado aprendiendo el arte de dibujo, a lápiz carbón con técnicas de difumino, en el colegio Fernando Blanco, en la sala de cultura, pintura y dibujo. Allí todo era original, como había sido construido cincuenta años antes, con amplios ventanales, cortinas de liño,  lámparas pendientes del techo por un largo hilo, varias estatuas y muchas pinturas a oleo amontonados en una sala anexa.  Yo era  niño feliz de una pobre villa marinera, capaz de sentir como el mundo vibraba en mis muchas caminadas a orilla de la ribera o a camino de los montes, que yo ansiaba conocerlos  en toda su exuberancia.

En aquellos días, para mí el mundo se resumía a las personas que yo conocía andando por las calles de Cee, de aquella, estructurada básicamente por dos ruas, la de arriba y la de abajo. Dos días a la semana yo veía como brotaban personas extrañas en la plaza del mercado. Algunas chillaban queriendo imponer por el tono de su voz alguna mercancía que decían valer mucho menos de lo que costaba. Por mi memoria, la sensación de toda aquella algarabía me trae recuerdos felices.

Volviendo al escenario de la sala de dibujo, fue allí donde oí, por primera vez, que el mundo era redondo, levemente achatado en los polos y que yo hacia parte de un reino animal administrado por poco más de dos mil millones de humanos brutos, todos  salvados de la hecatombe habida por la segunda guerra mundial pocos meses antes. En lo que va de relativa paz bélica en esta nación global, el crecimiento del animal humano fue impresionante. En el año de 1999, un poco antes de curvarse a la entrada del segundo milenio de la era cristiana, la población mundial alcazaba el impresionante número de seis mil millones de personas de todos los géneros. Pasó una década y la contabilidad fiscal global registraba la bituminosa cantidad de siete mil millones de almas, todas con sentimiento de dioses poderosos y señores en el dominio tierra, aire y mar.

El iluminismo terrestre sorprendió, allá por el mil y ochocientos, un billón de pacatos terráqueos sometidos a los mismos rigores de la era de la piedra. Había algunas pocas excepciones que acabaron pagando su condición excepcional en los cepos de las tullirías de París. Delante de lo que acontecía en Francia y lo que el británico previa que ocurriría en América, Malthus escribía en las indias su famoso ensayo sobre el principio de la población. Observaba que la población humana dobla a cada 25 años. Creo que era una observación intuitiva, un poco aumentada considerando su propia experiencia como padre de una numerosa familia pero muy bien ilustrada por la necesidad de proveer sustento a una prole, cuyas necesidades crecían en progresión geométrica y la posibilidad de sostener este crecimiento estaba limitada a una progresión aritmética.

Es fácil verificar que algunas profecías de Malthus se están cumpliendo. Somos siete mil millones de bocas que en el ciclo de un día necesitamos consumir más de 14 millones de toneladas de alimentos, que deberán ser retirados de una cosecha  anual de más de cinco mil millones de toneladas, todas  arrancadas de áreas que ya van mostrando un anestésico descuido y un endémico cansancio.

Por las previsiones para el año 2050, antes que los nacidos en este milenio tengan edad de jubilarse, desde la cumbre de mis 160 años tendré oportunidad de ver como esta generación se las arregla para retirar de la costra seca el pan y agua necesario al sustento de 12 mil millones de personas. Mi temor es que allá en el otro mundo en vez de gloria yo encuentre infierno  y una borra en la memoria me acuse a mí.

domingo, 17 de julio de 2011

SUEÑO POR ISO


Ayer yo tuve un sueño. Fue un sueño lindo, que delineaba, en el valle entre dos colinas, un futuro promisor. Partí con el sueño y  dos maletas, una repleta de viejos libros, pesados como el plomo, la otra, de leveza voluminosa, con ropa zurrada y perfectamente adaptada al talle de mi cuerpo radicalmente austero, que en aquella altura vivía sin ninguna sobra de tejido adiposo.

Fue una mañana de fin de invierno. Salí al mundo en busca de algo que pudiera corresponder a aquel sueño. De autobús a la Coruña, de tren hasta Vigo, donde me esperaba un buque que había partido de un puerto del norte europeo en su último viaje a cuenta de la emigración, fui al encuentro de un flujo humano, allegados de toda España, que carreaban sueños parecidos.

En Lisboa, el buque completaría su carga humana con un pequeño grupo de portugueses que con sus pañuelos humedecidos por lágrimas daban adiós a su gente querida.

Hoy ya no sueño más, apenas tengo pesadillas. Pesadillas capaces de sufocar la respiración cuando a altas horas el cansancio domina el alma siempre despierta y el flujo sanguíneo inverna por ausencia de presión. Ya no permiten a mi responsabilidad pública buscar el equilibrio natural entre el desenvolvimiento económico, el progreso social y protección deseada al medio que me alimenta. Responsable por lo que hago y pienso, yo soy y seré responsable hasta morir. Las leyes poco respecto merecen, pues han sido elaboradas al interés particular de algunas personas, quienes, en función de sus personales deseos, muchas veces nos aplastan bajo el orden de una supuesta legalidad  pero extremamente  carente de justicia natural. A mi han perjudicado cuando a ellas yo rendía respecto vasallo y no tenía miedo a que la arbitrariedad de las personas con poder de sentencia vendiesen dictamen. Tenía fe en la lisura que gobernaba las leyes.

Hoy mi fe desvanece como palidece el vigor de mi cuerpo. No es realidad para todas las personas, de poca edad, de edad media o avanzada como va la mía, pues a todos no alcanza la ética con igual transparencia ni esparce por igual en todo el planeta. Ni siquiera la verdad que es para unos es verdad también para otros, aunque algunos niños de mi niñez tanto hayan confiado en niños que hoy caminan por el adulterio de la verdad. No estamos libres del soborno, de la extorsión, de la corrupción, hoy, casi gallardas e indispensables en la gestión de un capital mínimo a la sobrevivencia del hombre empresarial.

Ayer, yo tuve un sueño.  Y por él respeté a la naturaleza, combatí desde la posibilidad de mis fuerzas la contaminación que se arrastraba por el mundo,  en el que siempre yo quise dejar el bastón del relevo en condición no peor que aquella que yo tuve al partir. Fui activo y consciente en la creación de nuevos hábitos de consumo, padecí del hambre por paz y justicia social;  creí que del combate a todo que es forzado, sea sin razón, por poder arbitrario de la legalidad injusta o cualquier otra especie de exploración, nacería el derecho universal a la dignidad.

Ayer, yo tuve un sueño. Soñaba que el futuro podría ser construido desde las diferencias con que nos habían formado, que podíamos amar y ser amados por lo que realmente nosotros éramos de verdad, sin cualquier discriminación de color, género, religión, edad. Los niños serían niños y como niños se comportarían sin que la pobreza o el dinero los apartasen. Aboliríamos de la tierra el sufrimiento que el hambre produce.

Ayer, yo tuve un sueño. Como ciudadanos del mundo abríamos dar valor a nuestro valor, a nuestro pasado cultural, individual, familiar o colectivo. Regresaría al pueblo muy orgulloso de poder ayudar la comunidad, con mi experiencia, y desde allí podría colaborar a la conservación del planeta, en el presente y para el futuro de la humanidad.

Ayer, yo tuve un sueño. Queriendo hacerlo realidad, de mis manos salieron productos y servicios que mejoraron nuestras vidas. Las empresas que emplearon la fuerza de mi trabajo crecieron hasta constituirse en la base de una nueva sociedad. Una sociedad incapaz de ofrecer respecto al trabajador, sea en la condición de empleado o en el estado de natural consumidor.

Hoy, yo tengo una pesadilla que todo el mundo debe saber. No acepto la irresponsabilidad que se me atribuye por cuestión de edad. No veo en la sociedad políticas que muestren intención de hacernos realmente mejores, ni ahora ni en el futuro, que para mí es pasado continuo. Mis ojos no ven nadie que quiera protegerlos de la contaminación ambiental, pero sienten como los pobres deberán, por su cuenta y riesgo, protegerse a si mismos. Y mientras esto suceda, todos los que creen en la vida sufrirán el rigor de esta mi terrible pesadilla, para llorar en el futuro que se ausenta la presencia de un bonito sueño, que ahora, por eso de la ISO, quieren rescatar.

jueves, 26 de mayo de 2011

TRISTE SIBELIUS


Triste división la mía en este día en que el invierno de mi tercer edad avanza lado a lado con días gloriosos del verano de mi juventud. Es una simple cuestión de estar. Estar un poco antes o estar un poco después, en una  región más al norte o en otra más al sur de una línea imaginaria a la que hemos convecionado llamar Ecuador. Hay otra línea que también es determinante de las diferencias que existen en un único instante, llaman la Meridiano. Por tal humano artificio uno se hace omnipresente en el espacio celestial. Y es en este espacio que yo paso los días y noches a espera que se abran las cortinas de otro palco vital, en el que la obscuridad absoluta no permite observar sus imperfecciones.

El viento sopla en el valle. Viene del norte, canalizado entre dos montes, el del son y el de la armada. En la ría ruge el mar con su espuma de rabia, dando impresión de que quiere penetrar el junqueral y abrir una fenda para separar mi mundo en dos mundos. A esta penetración los hombres han puesto resistencia y sobre ella lanzaron todo el estiércol, arrancado de Brens en forma de escoria. Una amplia gama de riqueza marina se ha contaminado y se ha extinguido debajo de un lodazal alfombrado con cemento armado. Yo me extingo entre mis recuerdos y ya siento el peso de la lápida que cubrirá mi cuerpo. Es pesada, fue hecha con granito del Pindo y sus moléculas cristalinas albergan el espíritu de Pindoschan. No soy el único ser vivo en este proceso de vida, que tuvo inicio cuando muchas otras vidas se acababan allá por los idos de los tormentosos años cuarenta. Pero causa un extraño dolor saber que doy composición a un pequeño número de personas que entraran en el palacio de la viejez y que otra salida no tienen sino el limbo de la perdición y el subsecuente abandono en eras pasadas.

Es un vals triste, yo lo se. Tan triste como una sinfonía del amor que recuerda un bando de melros gavotando un paisaje de cerezos en la campina ourensá de mi amigo conde, el de raíces profundas clavadas en el foro de mi cultuada memoria.

Hoy me cuenta que no hay xeito, cuando menos xeito consentido de salvar un cerezo de edad avanzada. El presupuesto por el que se estructuró su programa de vida alcanzó el fondo, y el tenue hilo de agua que de las rocas emana pertenece a una clase de edad inferior, que pelea a diario para ser superior, imaginando que cuando alcance la cumbre  de ella jamás será derrumbado.

¿Secará mi cedro bajo la secura del calor tórrido de este invierno tropical? No lo se. Esfuerzo yo hago para regar el tronco, ramas y hojas. Esfuerzo que por poco que yo haga consume tiempo. Y el tiempo se paga. ¿Con qué? Con la separación entre el cuerpo y el alma, resultado de una declarada falencia de los órganos que sustentaran este nuestro imperfecto programa de vida. Somos pébedas, que otros llaman carabuñas, sementadas al girar el sol en los inicios del verano, y nos consumimos desbotando o croio da cubierta externa para  derrengarnos en imagen de piedra. 

domingo, 23 de enero de 2011

UN POZO DE ESPERANZA

Viajando por el túnel del tiempo, pude observar como un grupo de fariseos y escribas murmuraban entre si y, entre sus dientes, verbalizaban consideraciones sobre un joven predicador de la galilea galega. - Este homen acolle os emigrantes e reparte o pan con eles.

El hombre que, sin muchos rodeos, identificamos por sus características especiales, aprovechó el susurro de los escribas y fariseos para exponer una de sus muchas parábolas:

Galicia tiene dos hijos – contaba-, son gemelos nacidos en épocas diferentes. Era muy difícil alimentar a los dos con lo poco que se tenía. Saltaba a los ojos  la hambruna vivida en aquella familia en que la leche de la madre había sido el único alimento durante la infancia de los dos muchachos, y la sagrada familia subsistía comiendo caldo de berzas con tocino de cerdo, todo producido por la labor del trabajo en su hacienda. Un día, uno de los dos hijos, y aquí no importa saber si era el primogénito o el genio del segundón, resolvió pedir a su padre: Papá, emprestame dinero para  que yo pueda emigrar a otro mundo, prometo devolverlo así que pueda.

Pocos días después, uno de los dos hijos puso en una pequeña maleta la ropa vieja que su madre había lavado y planchado y, en otro maletín, todos los libros que en ella podrían caber. Salió del pueblo después de besar las lágrimas de su madre y, sin mirar hacia atrás, vio como su hermana, una niña, lo seguía sin entender lo que se pasaba.

Liberto del mundo familiar y con menos dinero de lo que valía algunas entradas del cine de la villa gallega, luego presintió que podría pasar hambre en aquel nuevo mundo. Cuando todo parecía perdido, la suerte le ofreció trabajo, mucho trabajo, a cambio de algún dinero, lo suficiente para vivir con sobriedad y devolver lo sacado de Galicia para pagar el viaje.

Sabemos que en aquellos tiempos del señor no existía democracia en la galilea galega. Desde Madrid, avisaban que si el hijo, emigrado sin haber ofrecido las primicias de su trabajo a las tropas reales, retornase, sería obligado a vestir farda de soldado para defender en Africa los intereses del señor.

Cuantas veces acordó con hambre del cariño de  sus padres, amigos y vecinos y, imaginándolos a la distancia, se conformaba rezando: Señor, en  mi inocencia pequé enfrente la soberbia de tu poder. Yo no merezco ser llamado hijo de España, ni por Galicia debo ser amado.

El hijo pródigo (pródigo en la acepción de pureza de vida) regresó a muy avanzada edad, cuando sus padres ya no vivían en el condado de su nación. Galicia, viéndolo pobre y samaritano, le dijo: Has llegado tarde, el novillo que tu padre ha cebado y cuidado no te pertenece. No eres bienvenido a la fiesta.  Los padres, que conocían las dificultades de vivir en el mundo celestial, vinieron en su ayuda: - Hijos míos yo viví en vosotros y vosotros siempre estaréis conmigo y todo lo mío es vuestro.  Juntaros por mi memoria en la Tierra y sabed que en el cielo os espero para celebrar todas las penas y todas las glorias que heredamos de este nuestro Paraiso.

MIS TRES SOLUCIONES

MIS TRES SOLUCIONES

(I)

Lo que hoy escribe mi estimado patricio Pousa toca la tecla de mi recordatorio, registrado en el pantano de toda una vida profesional: la mía, que por ser mía, es particular, profunda y exclusiva.

En el principio, el paraíso de mi destino final tenía 2,5 millones de habitantes, y el país en el cual esta urbe se insería, 61 millones. La primera empresa que me dio trabajo pertenecía a un gallego que inventaba como hacer lo que la necesidad a diario ponía sobre sus manos. A mí, con un poco de conocimiento de aritmética y geometría, aprendida con el profesor Racedo y la profesora Carmiña Muruais,  no fue nada difícil encuadrarme en las labores de una oficina mecánica, que tenia por objetivo producir matrices para la incipiente industria automovilística.

El sentido por la planificación del futuro despertara en mí cuando me vi reprobado, sin cualquier causa que yo me viese obligado a admitir, por un profesor petulante y sin cualquier vocación postulada en beneficio del magisterio, Vicente, perito industrial contratado por la pestilente fábrica de carburos metálicos del ayuntamiento de Cee.

Años más tarde, después de un exhaustivo examen, yo fui contratado por una compañía sueca que tenia una gran fundición de hierro y su objetivo era base para alimentar su mecánica de alto porte (mil obreros en aquella época -1961). Recuerdo haber escrito a mis padres el valor real de mi sueldo mensual, traducido por tiempo de trabajo necesario para comer, pagar pensión, pagar escuela, divertirme y ahorrar lo suficiente para amortizar la inversión hecha por mi padre en el costeo del viaje a este otro mundo.

Mi visión del porvenir alcanzaba un futuro feliz. En mi pensamiento, yo deseaba compartirlo con mis padres, hermanos y una chica que conocía desde mis trece años. En el gobierno había un político que alimentaba esta esperanza; se llamaba Janio Quadros, alineado filosóficamente con el pensamiento de Fidel Castro y la ilusión de un socialismo generalizado para el bien de todas las comunidades.

Paradoxalmente, en la misma medida que se modernizaba y aumentaba la producción, la política se desarrollaba en clima de continuos sobresaltos y mucha aprehensión por lo que iría ocurrir al día siguiente. Mi sueldo aumentaba empujado  por un cambio que solo tenía la primera marcha, al mismo tiempo que la carestía de vida campeaba en la bolera de un samba tocada en la recién creada urbe Brasilia.  El resultado fue insatisfacción social, huelgas obreras, manifestación estudiantil, renuncia del presidente, tropas en las calles y una poderosa dictadura militar que administraría por decreto el destino de todos los obreros durante veinte años.

(II)

Todo obrero era obligado a contribuir, con un porcentual de su sueldo, a la seguridad social. 35 años de contribución serían suficientes para que el obrero se retirase con una pensión proporcional a su contribución.  Esa contribución y pensión de jubilación eran corregidas en valor del salario mínimo. Cuando el salario mínimo se mostró insuficiente para atender las necesidades básicas del sistema, el sistema amplió el valor de contribución a 20 salarios mínimos. Yo contribuía en esa base. Cuando se aproximó el tiempo de honrar la palabra puesta en el beneficio futuro a cambio del impuesto presente, el gobierno redujo el limite de pensión a 10 salarios mínimos, que por las cuentas hechas desde la Seguridad Social se traducían en ocho, o menos, y con tendencia a la baja por influencia de la inflación. A mí, como a millones de obreros especialistas de cualquier especie, me tocó bailar la música de acuerdo con la flauta tocada por la boca del gobierno.

Me acuerdo haber oído el discurso de un economista, ministro de Estado, proferido en Colegio Profesional al que yo era asociado: “Antes de repartir el bollo,  es necesario que  crezca lo suficiente.” Y el bollo fue creciendo, creciendo y creciendo. Y la población, con esperanza de tener un pedazo del bollo en su boca, fue aumentando, aumentando y aumentado. No había lo que temer: éramos campeones del mundo en carnaval y futbol, una vez, dos veces…pentacampeones de la Tierra; dueños vitalicios de la copa Jules Rimet, masivos exportadores del genio futbolista.

El mundo da muchas vueltas. Los militares, como cualquier otro ser que compone el ambiente social, también se cansan. Tal vez un poco más que los demás, pues están obligados a cargar en el cinturón de su corpiño el peso de una pistola, en su espalda, la responsabilidad de un fusil ametrallador, y en su conciencia…Dios sabrá.

Por la experiencia de estos cincuenta años pasados, la sociedad fue cabalgando desde la dehesa del sector agrario - o marejada del sector pesquero - hasta la sociedad de servicios tercerizados, pasando por la sociedad eminentemente industrial - ahora en acelerada caída, si la consideramos factor del bienestar de una sociedad obrera. Gracias a los del sector secundario y terciario, el sector primario ha ido perdiendo puestos de trabajo, hasta el punto en que menos de 5% de la población activa son suficientes para dar cuenta de todo el trabajo necesario para ofertar todos los insumos indispensables al buen funcionamiento del sector secundario y, aún, ofertar condiciones para el bienestar del opulento sector terciario en la era de la globalización.

(III)

Hoy ya podemos tener como obvio el hecho de que el sector terciario fue engordado como consecuencia del bodoque de la bolla financiera. Fue una hinchazón al que todavía los gobernantes del G21 buscan emparchar sus mil y algunos agujeros, sin darse cuenta de que las bollas fluctúan en un mar de pinchos morunos: todos quieren comerlas, con pimientos o sin ellos. Una bolla pinchada aumenta su velocidad, dándole cierto aire de vitalidad, de fuerza, al mismo tiempo que se encoje en una minúscula gota. Es la misma gota que por su insignificancia ha representado la influencia  del sector terciario durante todo el pasado de la humanidad, con excepción de los últimos 50 años.

De toda la población de nuestro país, un tercio, entre cero y veinte años, está ocupada en labores de alguna cosa, que ya nadie sabe para que servirá en un futuro que se muestra tan tenebroso. Otro tercio, entre 65 y ochenta años, en media, vive de lo que necesariamente ha producido durante el tiempo pasado. El tercio del medio es el que está en activo, mostrando lo que ha aprendido para ahorrar lo que necesitará en la tercera fase. Aquí yace el equis de la cuestión. Veinte por ciento de esa gran masa productiva  vive involuntariamente ociosa, a cargo de los ahorros de la injuriada masa jubilada. Si 20 % de personas en flor no producen semientes para el futuro, porque son impedidos de realizar un trabajo productivo, esa otra gran mas de niños prodigio, doctores en tecnologías de las mas avanzadas ciencias, ¿que puesto irán ocupar y a quien ellos irán substituir, luego después de cumplir todos los requisitos, incluidos 21 años de experiencia preparatoria?

La realidad es que la sociedad no necesita toda esa abundancia de cacharros, ni tantas personas para administrarlos, ni tanto ahorro de falsos papeles, ni tantos diplomas de oficios raros, ni de tantas personas que nada hacen. La sociedad necesita ocupar el individuo, en actividades que lo motiven, desde el instante de su nacimiento hasta el momento de la muerte. El coste de esta ocupación, plenamente asumible, estará en el rebajamiento de las enormes diferencias entre los que todo lo tienen y aquellos a los que todo le falta.

Sin mucha base para que mi pensamiento se haga realidad, ahí van mis tres soluciones que podrán ser aplicadas si la cosa va en serio.

1.    Rodizio laboral (rotación del deber de vivir ocupado en actividades que críen beneficio social) entre todos los que están en edad productiva.

2.    Mejorar la motilidad y motivación del primer tercio.

3.    Facilitar ocupación voluntaria, parcial o plena, a nuestros padres y abuelos en el tercer estadio de la vida.

Como esto podrá realizarse es tema para otro día. Por hoy el frio ya paraliza mis dedos.

Unha aperta de mans a todos e bicos a todas.

Os acordáis de este vals tocado durante muchos años desde el Cine España?

sábado, 1 de enero de 2011

MELODIA SENTIMENTAL

(Morriñoso, con retranca)
(I)
Soy español de la península ibérica. Soy gallego da Costa da Morte. Fui hecho con barro de Cee y costilla de Camariñas. Fui un obrero especializado de la industria puntera europea y norteamericana. Por estas bandas conocí un Janio simpatizante de Fidel, un presidente de la dictadura tropical y una famosa lula democrática, de aquellas que se criaban en los buenos tiempos de forja metalúrgica.
Sentí alegría y júbilo cuando por primera vez, en 1983,  vi a la distancia de mi mano la figura austera del Rey y la Reina de España. Conocí la obra de Fraga y creí que era buena. Oí como hablaban todos los ministerios de Aznar y creí en ellos. Leí los mandamientos del PP y confié  en sus fundamentos democráticos. Sentí de cerca el disfraz cuando la cuña de orense habría grietas en su composición interna y el torbellino que formaba la furia del vendaval impedía visión de claridad en el horizonte. No tengo nacionalidad del país que me acoge. Soy un extranjero con honra a la vida y sin derecho al voto, no obstante lo ejerza por sublimación de mi cuerpo espiritual.
Físicamente fuerte e intelectualmente maduro, un día puse mis aljiberas sobre el hombro y piqué mula a camino de España. Caí sobre las barajas del aeropuerto de Madrid en una fría madrugada del 3 de marzo del año dos del tercer milenio de la era de Cristo. Era una data simbólica. Traía recuerdos de mi partida del puerto de Vigo en cierta mañana a temprana edad, al arborecer de la primavera que marcaba simbólica independencia de los francos poderes, en el año 1961, pero, en idéntico instante, radical dependencia a los designios de la vida. Mi madre decía: “querer es poder y tu voluntad habrá de remover montañas”.
No digo que era montaña pero si un obstáculo que en condiciones normales yo no hubiera saltado y, sin embargo, el obstáculo me asaltó en el flanco más débil de mi humilde vida, el bolsillo. Por orientación de los poderes de España (consulado, pp y etc.) fui invitado a ejercer el derecho a un subsidio de viaje, del orden de 50 % de lo que el mercado cobraba. Debía viajar por Iberia. Iberia me cobró 700 y pico dólares, sonantes y cantantes en el acto de otorga del billete, sin derecho al regreso. En pesetas eran más de 115 mil, dicho de otro modo, eran bastante más de diez veces el costo del billete que mi padre financió para partir de Vigo en un buque de fino porte de la compañía argentina Alberto Dodero , ¡y con derecho a vacaciones de 12 días por alto mar!. Ambos valores fueron pagos con dinero del país acogedor en grandiosa retribución, a favor de España, por el sacrificio de haber enviado un hijo a la emigración. Como detalle puntero, para análisis del real valor de mercado, una compañía portuguesa me cobraría menos de 500 dólares en el billete de retorno al país del cual había retornado. 


(II)
Hablando de hipótesis, si hipotéticamente no hubiera retornado al momento en que se me ocurrió retornar desde el lugar de origen, estaría hoy viviendo de los favores de una limosna del reino de España, en aquel momento menos de 400 euros, suficientes para pagar el alquiler de una chabola y muy poquito más, pero que muy poquito más  e insuficiente para adquirir la bolla de pan que nunca faltara en mi niñez.
Dirán los agentes de la seguridad social que ellos podrían agenciar los derechos a la jubilación del país de la Santa Cruz. Lo mismo me ha dicho la Seguridad Social del país que me acobija: - Usted tiene derechos a una fracción de jubilación en España, según atestan los documentos que permitieron su ingreso en este país y correspondientes acuerdos con España.
Triste ilusión la mía cuando intenté validar los documentos de autenticidad registrada por la iglesia, guardia civil y notaria de Corcubión, enviados a España por autoridad providenciara del país acogedor. La orientación de un subdirector de una subdirectoría de mi comunidad autonómica, con base en la capital provincial,  fue sugerir (si mucho) que mi derecho sería alcanzado por las líneas retorcidas de una complicada demanda judicial. Por otra banda, la directora de una minúscula agencia local de empleo plasmaba, en letras indelebles, por la red internacional de ordenadores, la exigencia gubernamental a que yo regurgitase una pequeña fracción de los trescientos y pico euros, depositados a título de demandante de empleo durante los casi dos años de trota mundos en mi aldeana patria. Con tales antecedentes, siguiendo el principio de reciprocidad, mis derechos en el país acogedor jamás llegarían a España y, aún en la hipótesis de que llegasen - hoy lo tengo seguro-  quedarían retenidos en alguna subdirectoria provincial a espera de que mi fe de vida caducase. Dicen que en circunstancias de miserabilidad extrema cabría el recurso a un supuesto derecho a la jubilación no-contributiva. De haber caído  en esta tentación, mi vida estaría perdida en la ilusión de un amor no correspondido. En un trasnochado ejercicio de la imaginación, me figuro un hombre sin lienzo, documentos de vida y existencia negada y renegada  hasta por el vicario da virxen da xunqueira, pero ampliamente premiado con el consuelo re integracionista de una regia ayuda con tres cuartos de una supuesta cantidad monetaria, considerada, por chulo decreto, suficiente para morir en el fango de un pozo al amparo de la seguridad social de España.
Soy fuerte. Si yo hubiera sobrevivido en España a la gota que pingaba sobre mis rodillas, o al cáncer que lacraba en mis entrañas, la deuda contraída para atender a ese minúsculo cuarto de bondad, ausente en la paga de la seguridad,  haría imposible mi ingreso en el cielo. Y en el infierno no tendría cobijo, pues todos sabemos que en ese acalorado mundo la cofradía del dinero impide ingreso a los que mueren en la miseria.

(III)
Soy fuerte y ya voy calmo. Si en mi aldea hubiera sobrevivido, engañando la gota con sopa de ajo de la Torre do Allo y al cáncer con cualquier brebaje de fuego, ni imagino como sería mi vida ahora en el invierno de la extrema edad, andando por los montes de piedad en busca de tojos con clavijas y espinos de amoras, en actitud rígida y severa por seguir más allá y conservar la vida sin ilusión de llevarla adelante para ejemplo ilusionante de los que nos siguen atrás.
En mi niñez conocí la aridez de una vida pobre. Hoy, ese medio millón de infortunados gallegos lastreando la miserabilidad muy por debajo del limiar de la pobreza (Aymerich) serian una concurrencia muy difícil de superar y todavía mucho más difícil de justificar en aras de un sagrado poder financiero. Pero, en este desgraciado mundo de posibilidad adinerada, a los pobres, todo es imponible. Y nosotros, los absentas de un cuarto ausente, seríamos llamados a contribuir con un ramito de luz a los fondos de Bruselas, una tachuela para la mano ágil de un buen zapatero y una zaranda de rosas para depositarlas en una caja de frijoles.
Que cosa buena sale siempre de los palacios en que el aliento huele a frescor del dinero, que a los bolsillos alcanza por gracia del señor de los anillos. Un amigo, alcohólico anónimo, me decía que combatía los rigores de un mal vino con otro cáliz de vino peor, tomado al despertar de la mañana. Por tan sublime sabedoria, aprendida en los parlamentos de la vida, habiendo crisis, ya sabemos el remedio: jarabe amargo y un palo largo. Jarabe, por infusión imponible de tributos impuestos. Palo, para inducirnos en la idea de una virtuosa obra, por la que haciendo nuestro señor rico en esta vida, la indulgencia le servirá para remisión de sus pecados en la otra.  La tuya, la mía, la nuestra, poco importa, pues sin anillos ¿que otra cosa podemos hacer que no sea ofertar la mano, tajándola por el codo?
En fin, otro año se fue y con él todo el remedio que podíamos aplicar para que el año que ahora vivimos fuese mejor. Cuando se habla de la esperanza dicen que es la última que muere. No hay ventaja en tal dicho, pues, como aquel otro, quien ríe por último… parecerá un idiota riéndose solo.

lunes, 8 de noviembre de 2010

AGARIMO GALEGO

Proveniente del cielo, trajeado de blanco y con rojos zapatos de la artesanía de un buen zapatero, en medio a una densa bruma, bajaba, por los dieciséis escaños iberos del ave Allitalia, su santidad don Ratzinger. En el suelo de la tierra gallega lo esperaba don Felipe de Asturias al lado de su linda princesa Leticia. Al fondo, a su izquierda o a la derecha de los príncipes (según la referencia que se adopte) tocaba la gloriosa banda de gaitas orensana. Mi reloj pulsaba, sobre mi brazo izquierdo, las doce y cuarto de la mañana del otoñal seis de noviembre del año santo jacobeo. El peregrino humilde del Vaticano demostraba su júbilo abrazando con sus dos manos la mano derecha del joven príncipe y futuro rey de todas las Españas. La expresión usualmente carrancuda del hombre-papa mostraba cordial afecto y una pitada de orgullo por la imponente figura barbada del príncipe de Asturias. Esta expresión de la faz seria repetida atentamente durante el discurso de mi buen príncipe, Felipe de Galicia.


Todo el ceremonial identificaba ese hombre peregrino  como siendo un estadista de un poderoso reino. Y Ratzinger era, y es, ese poderoso hombre, representante de la fe de millones de creyentes católicos.  Sin duda alguna, ese hombre alemán  es muy diferente de este humilde grano galorego, hecho de barro autóctono y nacido en buena gloria del primer año de la paz ibérica, en una apacible villa de la costa fisterrana.
De mi lado supera el hecho de haber estado más veces en presencia de nuestro común amigo Thiago, el mayor de los ceebedeos. La primera vez fue un viaje festivo promovido allá por los idos de los años cincuenta. Las calles de Santiago estaban repletas de niños de todos los pueblos gallegos; yo y mis amigos éramos dirigidos por el maestro Pedro Galán. La segunda vez, en mi regreso de un largo exilio, acompañado de mis padres, sumergí en el túnel que conduce a la presencia del apóstol y, aún sintiendo calofrío por una posible apatía de recíproca intensidad, me arrodillé a los pies de la imagen del matamoros y solicité fervorosamente que me dignase aceptando mi pedido.
Fue un pedido extremamente pobre y vulgar. Lo hice creyendo tener Jesús como testimonio y, por la sencillez de la vida del hijo-dios, el privilegio de un modesto pedido sería otorgado. ¡Oh, parca ambición! ¡Oh, gran profeta!, hasta la última gota os ofrecí el cáliz de mi vida; la habéis saboreado en vuestra eterna sabedoria y, embriagado por mi inocencia, recusasteis mi solicitud, modesto pedido regido por el amor propio de regresar a la tierra y allí sufrir, vivir y morir, como Jesús, eternamente de brazos abiertos, como el Cristo Redentor en el morro del Corcovado.
Me resta el consuelo ofertado por el papa, bendito de los unos, el benedicto de los romanos, el bento de los portugueses y el Bieito I de Galicia: soy peregrino vaga mundo en busca de la verdad; quiero ensalzar y bendecir, con la voz rouca, el espíritu presente en la grandeza del alma humana, en los pobres y en los desvalidos de la fortuna insolidaria; soy hombre moi ambicioso por una simple indulgencia: el agarimo dos fillos de Galicia, mis hermanos.