viernes, 4 de septiembre de 2009

MUSICALIDAD LITERARIA

Musicalidad literaria

Si algún día volviera a tener cinco o seis años, yo haría lo que hice cuando cinco o seis años tenía. Aquel apasionado e incondicional amor por la señorita Ofelia me acompaña en risueños momentos en que el albor toca sus rayos solares sobre la ventana metálica de mi alcoba. Despierto, acordado por el mavioso asibilar de un sabiá sinfónico, orgulloso pájaro cantor que desde la madrugada requiebra sus cuerdas sonoras como preludio a un esperanzado día, que se renueva a cada veinticuatro horas, todos los años de este mi sexagenario refungar.

Mi biblioteca es una caja minúscula que se reduce en proporción fraccionada en relación al colosal aumento de memoria y capacidad de albergar sapiencia originaria de cualquier canto de este obeso, por redondo, mundo aldeano. Como respuesta a un toque digital, me ofrece una infinidad de novedosos asuntos y los dispone en orden de mi probable interés sobre una vitrina, cuya barrera está subordinada a las órdenes de mi expresa voluntad. Fue así que llegue al colosal mundo de Iceland y allí descubrí una de tantas otras muchas almas bondosas, meritosas por su gran capacidad de ofrecer al terráqueo mortal el beneficio gratuito de su esfuerzo intelectual. A la orden silenciosa de imprimir, un archivo en PDF desliza suavemente a la bandeja, que lo espera con blanco papel para gravar preludios de Tárrega en diferentes tonos. Es un momento de idilio celestial que me recuerda los tiernos años en la escuela de música del colegio Fernando Blanco, dirigida por mi inolvidable profesora Ofelia.

Veo en la vitrina, forrada en terciopelo rojo, las dos guitarras que ahora, a semejanza de aquellas, colgadas sobre la pared de una pequeña sala de estudios en mi hogar, me recuerdan el esfuerzo de la señorita Ofelia en enseñarnos solfeo y las técnicas musicales de un instrumento de cuerdas.

Mis guitarras no son anónimas, tienen nombre: a una llamo Callada y a la otra he bautizado con el nombre de Turrona. Es la Turrona la que machaca en sus arpegios el capricho árabe, a razón de cuatro compases por día, en un largo, calmo y místico aprendizado que, calculo, durará un mes o más para ser aprehendido e integrar el regocijo cultural de mi alma.

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