sábado, 2 de julio de 2011

BRADO RETUMBANTE


Spartacus se va a la isla de Santa Cruz, cuenta el alfinete sádico del correo de la sera. Atrás de él irán los más de doscientos mil que en Roma llamaban esclavos y por aquí eufemísticamente los denominamos desempleados.

El Spartacus quintanista, diferente del tracio spartacus, apenas fue esclavo de si mismo, luego no se justifican las directas contra la supuesta intención de capitalizar el generalato de alguna aventura gallega en los mares del sur. Contemporáneo de Spartacus fue Quintos Sertorius, notorio político del visigodo Alarico, este famoso por su ataque a Roma allá por la cosecha del 410 D.C.

Saben los más iluminados que Sertorio comandó diversas revueltas lusitanas, adquiriendo prestigio por las batalla de Arausio. Fue vicepresidente muy amado por las señoras de su aldea autonómica. Infelizmente, perdió el cetro por causa de su reyerta con la diáspora gallega. No los consideraba hombres dignos de participar en el sistema democrático de la parroquia nadal, consecuentemente estos se revelaron retirándole apoyo. Una pena, pues los castigados emigrantes necesitaban el aprecio de una mano amiga contra la pólvora arrojada de la boca de algunos nefastos, duros  y obscuros nacionalistas, incapaces al destajo de comprender el sentimiento de un emigrante.

Manuel se va por la barranquilla a una edad poco recomendada para un aventurismo en tierras superpobladas y donde se extrema la vigilancia a la intención de cualquier nuevo colonizador visigótico. El gallego le servirá para que los naturales de la Cruz de Cabralia lo entiendan, pero de muy poco servirá para la viceversa razón de un portugués ortográficamente maduro y fonética variada por la pureza de mil pueblos guaranís.
He oído muchas veces a Manuel decir que lo que los gallegos pedimos es que nos dejen trabajar. En mi caso particularísimo, yo he sido impedido, desde las autoridades gallegas, de hacer algún trabajo que mi experiencia y estudio, no necesariamente modesto, necesitaba para sobrevivir en Galicia. Sentí la fuerza del caricaturismo que los gallegos hacían de los propios gallegos en el exterior. Algunos pasaron a ningunearnos políticamente al afirmar que para probar fe de vida deberíamos escalar el Aconcagua y allí depositar en urna nuestra intención de voto. Sí, si; en Galicia votan hasta los muertos y si un emigrante vivo quiere ejercer su derecho democrático, la voluntad del amigo Anxo Quintana lo ha hecho imposible.

Aunque mis palabras tengan olor a retranca, quiero decir al amigo Anjo (así se escribe ángel en culto portugués) que los gallegos del Brasil le damos as boas vindas y estamos muy felices de recibirte exactamente como eres, y que nuestros lares tendrán siempre sus puertas abiertas y nuestro corazón estará alerta y solidario con la ventura de tu aventura, que para suceso en este mundo un paisano gallego necesita emprender.

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